Llanto del bebé: Guía para interpretarlo y comprenderlo

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LLANTO DEL BEBÉ:
GUÍA PARA INTERPRETARLO Y COMPRENDERLO

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Influencia social del llanto del bebé

Los estudiosos de la vida prenatal afirman que en las ecografías es posible advertir gestos de disgusto que, en un recién nacido, significarían llanto. Esto quiere decir que los seres humanos lloramos, inclusive, dentro de la acolchada perfección del útero. El llanto está en nuestra naturaleza. De bebés, lloramos ante cualquier tipo de incomodidad - gases, hambre, mosquitos o angustias de vidas pasadas- porque el llanto es un reflejo neurológico. Pero pronto nos damos cuenta de que, si nos hacemos oír, alguien nos responde, mamá o la persona que cumple su función. Así, el reflejo neurológico se transforma en la varita mágica que hace aparecer cualquier objeto de deseo o, al menos, el objeto que resume todos los deseos, la teta. Cuando la varita mágica falla, la frustración detona en una tormenta de truenos y lágrimas. En las respuestas que los adultos ofrecemos a las demandas y frustraciones del bebé, se pueden rastrear los mecanismos que sostienen a las sociedades que habitamos.

La primera diferencia entre una sociedad pacífica y solidaria, y otra caníbal y guerrera, se observa en su comportamiento hacia los recién nacidos.

En este sentido, continúan vigentes las investigaciones antropólógicas de Margareth Mead, quien en la década de 1920 se internó en los rincones salvajes de Nueva Guinea, y convivió con dos grupos étnicos primitivos, casi vecinos, cuyas costumbres no pueden ser más disímiles.

Los “arapesh” mantienen una cultura que la investigadora considera humanista e igualitaria. Tanto hombres como mujeres tienen una personalidad maternal. Los bebés son criados cuerpo a cuerpo por ambos. Aunque se los estimula a comer alimentos sólidos desde muy temprana edad, reciben el pecho hasta los cuatro años, “para mitigar su angustia y dolor.”  Durante los primeros meses de su vida, el niño está siempre cerca de alguien que lo atiende. Si es irritable, lo llevan de manera que pueda tomar el pecho constantemente, lo cual lo calma con toda rapidez. Los bebés arapesh están siempre a upa. Cuando la madre camina, lleva al niño suspendido de su frente en un pequeño saco especial de red, o bajo uno de sus pechos en un cabestrillo de corteza. Un niño que llora es una tragedia que se debe evitar a toda costa. Los niños arapesh son estimulados constantemente en una dirección positiva. Según Mead, “es fácil encontrar en el extremo de una aldea a un niño que grita furioso, y a su padre que dice con orgullo `vean, mi hijo grita continuamente… ¡es vigoroso y fuerte como yo!` Y en el otro extremo, a un pequeño de dos años sufriendo estoicamente la dolorosa extracción de una astilla en su frente, mientras su padre, igualmente orgulloso, dice: `vean, mi hijo nunca llora, es fuerte como yo`. “ [1]

A pocos kilómetros de este polo de paz, pero en el extremo de la experiencia humana, habitan los mundugumur, una tribu salvaje y asesina. Cada bebé, desde que nace, es sometido a un entrenamiento intensivo que lo convertirá en un caníbal guerrero. “Parecen una sociedad que no buscara reproducirse - afirma Mead-. El niño mundugumur ve la luz en un mundo abrumador, constantemente dispuesto para la hostilidad y el conflicto. Casi desde el nacimiento comienza su preparación para una vida desprovista de amor. Los niños muy pequeños se colocan en una canasta portátil de un tejido muy apretado, y áspero, que las mujeres llevan suspendidas en su frente, tal como las mujeres arapesh. Pero mientras la bolsa de red arapesh es sensible y adaptable al cuerpo de los bebés, ésta es áspera, tiesa y opaca. El cuerpo del niño debe acomodarse a la rígidas líneas de la cesta, y yacer acostado con los brazos prácticamente maniatados a sus costados. La cesta es demasiado gruesa para permitir que pase el calor del cuerpo de la madre, el niño no divisa sino un delgado hilo de luz que se filtra con ambos extremos. Las mujeres llevan los bebés únicamente cuando van de un lado al otro. La mayoría de sus paseos son cortos, y cuando llegan prefieren dejarlos en la casa, colgados en la habitación. Cuando el niño llora, no se los alimenta enseguida. Por el contrario, alguno de los presentes acude al método común de calmar a los niños intranquilos. Sin mirarlo ni tocarlo, la madre u otra mujer, o la muchacha que lo cuida, comienza a raspar con las uñas el exterior de la canasta, haciendo un ruido áspero y rechinante. Si el llanto no cesa, entonces se le da de mamar(…) Las mujeres alimentan a sus hijos de pie, sosteniéndolos en una mano en una posición en que se estira con esfuerzo el brazo de la madre y se maniatan los del niño.” [1]Aquellos que no son capaces de aprovechar los minutos permitidos para beber la leche con la cual resistirán las próximas horas, fallecen, y esto es una causa común de mortandad entre los mundugumur. Los fuertes, los que sobreviven a todos los maltratos, pasan a formar parte de una sociedad donde el odio y el resentimiento son la regla.

El hombre primitivo late en nuestras sociedades de hoy, muchas veces sin conciencia de que acto o gesto hacia el recién nacido programa el futuro de su propio mundo y el del planeta.

Las estadísticas confirman que los bebés que lloran tienen más posibilidades de ser maltratados por los adultos, lo cual tiene incidencia negativa en sus posibilidades de desarrollo como persona integral y como sujeto social. De ahí la importancia de relacionarnos con los recién llegados de una manera amorosa, positiva y facilitadora del encuentro.

Desde la crianza, los adultos tenemos la posibilidad de dirigir el timón evolutivo hacia nuevas, cálidas y pacíficas costas. Sin prejuicios, sin tabúes, dejando que las manos más pequeñas queden a cargo del rumbo. ¡Hacia el arco iris!

* Extracto del libro "101 maneras de calmar a un bebé", de Marcela Osa.
© Editorial Grijalbo, 2006.

[1] Margareth Mead: “Sexo y temperamento. Grupos de Nueva Guinea”, Ed. Altaya.

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